¿Cómo es la vida de una estrella porno?

Anuncios María La Piedra

La vida de una estrella porno. Si hoy Porn Valley se independizara de EEUU, sería un país similar a Suazilandia. Con una pequeña salvedad: en este territorio del sur de África sus ciudadanos viven 12 años más de media respecto al Valle. La República Independiente del Porno sería la nación con menor esperanza de vida del mundo y Suazilandia pasaría a ser la segunda, conforme a datos del Banco Mundial. Las razones de este dislate demográfico son una altísima tasa de suicidios, drogas, alcohol y violencia.

Anuncio erótico María La PiedraLa mayoría de las conversaciones mantenidas para este reportaje “La vida de una estrella porno”, con intérpretes, directores y productores del porno han concluido con un «por favor, que no salga mi nombre». Para comprender mejor su inquietud decido imaginarme durante unos días cómo es la vida civil de estas personas, aunque sea de forma colateral, y escalar el muro que separa la fantasía erótica de la realidad. Todos los silencios encontrados surgen de algo que podría denominarse el estigma del día después.

Se trata de una herida que puede nacer de una motivación personal, introspectiva, pero que se nutre mucho de la censura de una sociedad a su vez es consumidora insaciable de sexo virtual. «He visto muchos traumas», explica Antonio Marcos, pionero del negocio del porno en España. «Arrepentidos de haber trabajado en este tipo de vídeos. Para evitar esta situación hay que entrar convencido, contárselo a tus más allegados (la mayoría no lo hace) porque se van a enterar y saber que el material no desaparece».

Es sábado y quedo con un grupo de amigos del colegio en un bar de Madrid. Anuncio que salgo con una mujer estupenda que se llama Bárbara, hay muchos portales de anuncios eróticos como 69eroticos.com. Cuando me preguntan más sobre ella les comento que es aparejadora (arquitecto técnico, «me corrige siempre»), está en el paro y vive en Lavapiés… Un rato después, confieso que Bárbara me ha contado que hizo dos películas porno en sus años universitarios. Los varones son incapaces de disimular esa sonrisa inquietante de aligátor puesto a secar al sol. La palabra morbo suena al menos en tres ocasiones.

Dilucidar cuántas horas tardarán algunos en escrutar el trabajo de Bárbara vía internet o especular sobre mi vida sexual es fácil de aventurar. Los comentarios elogiosos se diluyen cuando pregunto si a ellos les afectaría tener una relación con estos condicionantes: el sí es unánime. Lo justifican por la presión social, incluso hay alegaciones respecto a las enfermedades venéreas. «¿Se lo has dicho a tu familia?» «Todavía no», contesto.

El desgaste de muchos jubilados X no es sólo moral -esto fue reflejado en EEUU en el documental After Porn Ends-, en España también es económico. Planteo la posibilidad de que Bárbara fuera a una entrevista de trabajo en las empresas donde ellos trabajan. Según la mayoría de mis amigos, no debería haber ningún problema si tiene el perfil adecuado para el puesto. Insisto: «¿De qué forma afectaría al negocio si su anterior trabajo se hiciera público?». Todos consideran que sería perjudicial y entonces sí podría tener consecuencias por este tipo de anuncios eróticos.

Esto es lo que dice este microcosmos de España bajo el rigor demoscópico de un barril de cerveza. Pero parece que refleja la realidad. «He llegado a perder cuatro trabajos», me cuenta Pilar (nombre ficticio), autónoma de 44 años. Una mujer casada que se gana la vida organizando visitas escolares a museos. Un día trascendió que había sido una profesional del porno. La inquietud de sus empleadores, ante la posible reacción de asociaciones de padres y colegios, le generó problemas laborales. «Pero no me arrepiento de haberlo hecho… ¡Al contrario!»

Para evitar esa misma indefensión, María Pasqual decidió hacerse emprendedora. Ser su propia jefa. Su última aventura es una tienda de ropa infantil en el centro de Barcelona. El estilo de su catálogo es clásico «con toques modernos». Un comercio con vestiditos para bautizos y comuniones, de ropa de paseo dominical para niños bien. Su cliente tipo: madres y abuelas. Sin embargo, reconoce que a veces entran hombres en su tienda. Un público que casi siempre conoce a la dueña no por su apellido real, sino por su nombre de guerra: María Lapiedra.

«Algunos preguntan por mí para que les atienda. Mi dependienta les aclara que aquí se vende ropa. ¡Los que vienen por esa curiosidad se dan una vuelta y no se llevan nunca nada!», dice la hoy colaboradora en programas del corazón.

Nada hacía presagiar que María fuera a ser quien es. Cuando acabó la carrera de Filología Catalana (con matrícula de honor) su objetivo era el de opositar para ser profesora de literatura. Entonces conoció al director de porno Ramiro Lapiedra y, desde aquel primer encuentro, adoptó ese apellido como han hecho actrices como Lucía (Lapiedra), ya retirada, y, recientemente, Apolonia. Y es que los Lapiedra son los Alcántara del Cuéntame del porno español.

Lo curioso es que la relación de María con la industria fue efímera, más allá del estado civil (estuvo casada con Ramiro), duró tan sólo 20 minutos, aunque siempre la describen en los medios como estrella del porno. «He trabajado como stripper, pero sólo he grabado una escena de sexo».

María no es la emperatriz del recato. Su currículum público incluye una portada de Interviú y tertulias en el mundo rosa en las que ha desvelado muchos secretos de alcoba. Es alguien muy popular. Reconocible.

¿Te han invitado alguna vez a participar en alguna causa benéfica para aprovechar tu tirón mediático?
No. Supongo que no me verán con buenos ojos para esas cosas.

Aparte de la tienda, María tiene dos negocios más. Desde su web personal, el visitante puede acceder a webcams con chicas (el negocio actual más pujante del cibersexo) a las que cobra una comisión. Además, tiene una empresa dedicada a la compraventa de monedas de oro y plata. Puede presumir de tener una acuñada en su honor que es de curso legal en Montesclaros, un pueblo de Toledo. Allí el Rey y María Lapiedra circulan. Diez lapiedras equivalen a 10 euros.

¿Te incomoda que tus hijas puedan ver tu vídeo cuando sean adultas?
Confío en que en 15 años haya desaparecido de internet.

Es el derecho al olvido de María.

Esta catalana muestra una preocupación que en Estados Unidos manifestó la actriz Aurora Snow (ganadora de un AVN, los Oscar de la pornografía) en forma de una carta dirigida a su hijo recién nacido, publicada en el diario digital The Daily Beast. En esta confesión, llena de ternura, describe las razones por las que protagonizó películas pornográficas y sus consecuencias. Snow se enfrenta simbólicamente al momento en que su hijo se pregunte quién fue su progenitora o escuche algún comentario malicioso de un compañero de colegio: «…He temido este día desde hace muchos años y mi esperanza es que encuentres este artículo antes de tropezar accidentalmente con las fotos o vídeos que muestran a tu madre de una manera que nunca quise que vieras…».

La carta refleja el instinto de madre coraje. Así que llega el momento de anunciarle a la mía mi relación con Bárbara. Lo hago en una comida dominical. Estamos solos.

[Silencio] «En fin… Antes me lo habría tomado peor, ahora ya estoy mayor y estoy de vuelta de todo. Lo único que me importa es que seas feliz. Tendrás que saber llevarlo y no usarlo como reproche. Es de esas cosas que salen a relucir cuando hay un discusión. ¿Quieres más arroz?».

Mi madre se levanta para ir a la cocina. Sé que lo está rumiando.

Todos aquellos que han trabajado en el porno saben que sus relaciones personales no son como las de los demás. «Mi marido actual lo que quería al principio era follarse a María Lapiedra, yo lo sabía pero como me gustaba, me dio igual. Luego se enamoró de la Pasqual». Es la frustración constante de los profesionales. La necesidad de saber filtrar emociones ajenas y hacer ver que el porno no tiene nada que ver con la realidad salvo en líquidos corpóreos.

Son muchos los que también confunden de inicio a Marina con Amarna. Cuando esta estrella erótica de 25 años tiene esa sensación lo tiene claro: «Creo que no hay que intimar con gente que te tiene idealizada». Amarna Miller es el alias de la actriz española con mayor proyección internacional. Cuando contacto con ella está en la mayor convención de porno del mundo, en Las Vegas. Su agenda le impide contestar, pero promete hacerlo unos días después. Y cumple: «Se dice que las actrices ligamos mucho y es mentira. Existe un factor de intimidación brutal para con los hombres. Tan sólo soy una persona normal con un trabajo especial». La vida de una estrella porno no tiene nada que ver con realizar servicios sexuales de pago aunque sean demandados con anuncios eróticos en portales eróticos.

Amarna es una de las pocas afortunadas en una industria en la que la mujer aguanta la mayor presión. Trabaja en uno de los pocos mercados en el que cobran más ellas que ellos, si bien su exposición es tan brutal que hay que tener mucho coraje para sobrellevarla. Ese desgaste hace que las carreras femeninas sean breves, son pocas las que aguantan más allá de la treintena. «La vida después del porno es difícil. Si te metes en este trabajo no te podrás dedicar a la docencia o a la política. Eso lo sabes». Y eso que Amarna es musa de Podemos.

A ella le gusta su trabajo, tiene formación en Cine y Fotografía -va a protagonizar la comedia Contigo no, bicho– y espera publicar su segundo libro este año. Como en el caso de los futbolistas, todo va muy rápido y el futuro de repente es presente: «Para mí la vida es un día a día… A lo mejor me da por customizar furgonetas Volkswagen en las Maldivas. No lo sé… Si alguien no me quiere contratar después por lo que he sido, el problema es suyo, no mío», afirma esta actriz madrileña.

Si hay algo que queda claro en estas conversaciones es que los problemas de la jubilación no nacen por haber hecho porno en sí, sino porque te han visto o pueden verte. Lo que es muy distinto. Es la vigilancia silenciosa de una sociedad que oculta el anonimato de internet. Tan sólo en PornHub, la segunda web en contenidos para adultos más popular del mundo, se conectan diariamente 800.000 españoles, un 2% del tráfico mundial. Según un informe de la compañía, el 76% de su público es masculino.

Preguntemos entonces al hombre. Antonio Marcos conoce muy bien los secretos de la industria. De todos los profesionales consultados es el que tiene el mejor profiláctico para combatir el estigma: es varón y además se sitúa tras la cámara. Doble protección.

«La mujer es sin duda la valiente del negocio. Desde fuera el hombre es el envidiado y la chica, una guarra. Así es España de machista. No hemos avanzado nada», dice con pesar.

Marcos es productor de más de 60 películas, algunas dirigidas por él mismo. Introdujo en el cine para adultos a La Veneno, al ex boxeador Poli Díaz, a Nacho Vidal, además de ejercer como presidente de los productores españoles. Sin duda vivió la época dorada del cine X a finales del siglo pasado, antes de que internet dinamitara el negocio. Por aquel entonces se pagaban hasta 2.000 euros por escena. Hoy son 150 euros de media. Él lleva más de cinco años sin rodar.

Cuando el fotógrafo le hace unas fotos en el local pide que no salgan sus empleados de fondo. Es el estigma, otra vez.

Está lejos de la imagen que uno tiene de un magnate del cine porno a lo Boogie Nights. Su despacho parece el de un director financiero de una pyme, no se ven carteles de éxitos cinematográficos suyos como El poli, el lama y la que los lame o Por un puñado de polvos. Su oficina de Hoyo de Manzanares, a 40 kilómetros de Madrid capital, está repleta de cajas que contienen uno de los sustentos de su negocio. Y es que Antonio Marcos es el distribuidor del famoso alargador de pene cuyo anuncio fue un hit para insomnes del teletienda, tan parodiado en internet y en conversaciones de afterhours.

Me enseña uno. Edición de lujo bañada en oro. 180 euros. Dice que ahora se emplea como tratamiento médico. Uno ve las piezas y se acuerda de Torquemada.

No me contengo.

¿Esto de verdad funciona?
¿Crees que 150.000 españoles se han equivocado? -contesta con tablas de zorro viejo LA PREGUNTA que seguramente más veces ha escuchado en su vida.
¿Por qué ahora se mueve tan poco dinero en la industria? Varios actores en activo afirman que necesitan tener otros trabajos aparte del porno…
Ya no hay estrellas. Antes las fabricábamos. Se invertía en pósters, en publicidad, hasta ensayamos cómo había que comportarse con los fans: «nada de dar besos, recuerda que eres una súper diva», les decía. Hoy los actores son carne de cañón, sólo hacen escenas sin más para colgarlas en internet.

La historiografía del género atribuye a Marcos la visión empresarial de impulsar la profesionalización de un negocio que malvivía casi como material casero. Conforma, junto al director José María Ponce y la actriz María Bianco, la Santísima Trinidad del porno español primerizo. Vive de sus empresas y no de sus réditos del cine. «Que no se engañe a ningún joven con eso de hacer mucha pasta y trabajar en Estados Unidos. Eso es casi imposible», previene este antiguo seminarista a aquellos que quieren introducirse en este negocio.

No le gusta lo que se ve ahora (de porno, se entiende). Recuerda los tiempos de bonanza, cuando Canal Plus pagaba hasta 7.000 euros por emitir una película española y los no abonados buscaban una teta furtiva entre las rayas del canal codificado. Se plantea medio en serio, medio en broma escribir un libro titulado Mamá, quiero ser actor porno, inspirado en las cartas que recibe de jóvenes de toda España pidiendo una oportunidad y describiendo sus aptitudes sexuales superlativas. «Algunas son un disparate, te meas de la risa». Hoy en día es un empresario común. Tiene un decena de empleados, un hijo y muchas cajas de alargadores fálicos.

Lejos de los pósters cinematográficos que Marcos no ha colgado en su despacho, las películas X viven en internet como memoria colectiva del deseo. Los profesionales, sean agradecidos o arrepentidos, reconocen que la huella del porno no se borra. Aunque rescaten sus identidades recogidas en el Registro Civil para abandonar los alias en inglés o los títulos nobiliarios de su sexo. Y viven con ella.

Se demuestra en el bar, en la tienda y en la oficina.

La sociedad se masturba con ellos, pero se incomoda cuando, tras apretar el botón de apagado del móvil o del ordenador, aparecen en nuestra vida cotidiana. Son reales. Salvo Bárbara.

Fuente: El Mundo